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TEXTOS PARA EL DOMINGO

30 Nov

I. El Rhin y el Danubio dividen a toda la Germania de las Galias, Retias y Panonias, y de los Sarmatas y Dacios, algunas montañas o el miedo que se tienen los unos a los otros. El Océano cerca lo demás, abrazando grandísimas islas y golfos, y algunas naciones y reyes, de que con la guerra se ha tenido noticias poco ha.

El Rhin, saliendo de lo más alto e inaccesible de los Alpes de la Retia, y habiendo corrido un poco hacia Occidente, vuelve derecho hasta meterse en el Océano septentrional. El Danubio nace en la cumbre de Abnoba, monte, aunque alto, no áspero, y habiendo pasado por muchas y diferentes tierras, entra en el mar Pontico por seis bocas, que la séptima, antes de llegar a la mar, se pierde en las lagunas.

II. Celebran en versos antiguos (que es sólo el género de anales y memoria que tienen) un dios llamado Tuiston, nacido de la tierra, y su hijo Manno, de los cuales, dicen, tiene principio la nación.

Afirman que el dios Tuiston tuvo más hijos, de cuyos nombres se llamaron así los Marsos, Gambrivios, Suevos, Vándalos; y que estos son sus verdaderos y antiguos nombres. Que el de Germania es nuevo y añadido poco ha: porque los primeros que pasaron el Rhin y echaron a los Galos de sus tierras se llamaban entonces Tungros, y ahora se llaman Germanos. Y de tal manera fue prevaleciendo el nombre de aquella nación que primero había pasado el Rhin, que dio nombre a toda la gente: y todos los demás al principio tomaron el nombre de los vencedores, por el miedo que causaban, y se llamaban Tungros: y después inventaron ellos mismos propio y particular nombre, y se llamaron universalmente Germanos.

III. Antes de entrar en las batallas, para animarse, cantan ciertos versos, cuyo son llaman bardito, por el cual adivinan qué suceso han de tener: porque o se hacen temer o tienen miedo, según más o menos bien responde y resuena el escuadrón: y esto en ellos es más indicio de valor que armonía de voces. Desean y procuran con cuidado un son áspero y espantable, y para ello ponen los escudos delante de la boca para que, detenida la voz, se hinche y levante más.

IV. Yo soy de la opinión de los que entienden que los Germanos nunca se juntaron en casamientos con otras naciones, y que así se han conservado puros y sencillos, sin parecerse a sí mismos. De donde procede que un número tan grande de gente tienen casi todos la misma disposición y talle, los ojos azules y fieros, los cabellos rubios, los cuerpos grandes y fuertes solamente para el primer ímpetu. No tienen el mismo sufrimiento en el trabajo y obras de él; no son sufridores de calor y sed, pero llevan bien el hambre y el frío, como acostumbrados a la aspereza e inclemencia de tal suelo y cielo.

V. La tierra, aunque hay diferencia en algunas partes, es universalmente de vista horrible por los bosques, y fea y manchada por las lagunas que tiene. Por la parte que mira las provincias de las Galias es mas húmeda, y por la que el Norico y Panonia, más sujeta a aires. Es fértil de sembrados, aunque no sufre frutales; tiene abundancia de ganados, pero no de aquella grandeza y presencia que en otras partes: ni los bueyes tienen su acostumbrada hermosura, ni la alabanza que suelen por su frente. Huélganse de tener mucha cantidad, por ser esas solas sus riquezas y las que más les agradan. No tienen plata ni oro, y no sé si fue benignidad o rigor de los dioses el negárselo.

Cierto es que no se les da tanto como a nosotros por la posesión y uso de ello: porque vemos que de algunos vasos de estos metales que se presentaron a sus embajadores y príncipes no hacen más caso que si fueran de barro. Bien es verdad que los que viven en nuestras fronteras, a causa del comercio, estiman el oro y la plata, y conocen y escogen algunas monedas de las nuestras; pero los que habitan la tierra adentro tratan más sencillamente, y a la costumbre antigua, trocando unas cosas por otras. Los que toman monedas las quieren viejas y conocidas, como son bigatos y serratos; y se inclinan más a la plata que al oro, no por afición particular que la tengan, sino porque el número de las monedas de plata es más acomodado para comprar menudencias cosas usuales.

VI. No tienen hierro en abundancia, como se puede colegir de sus armas. Pocos usan de espadas ni lanzas largas, pero tienen ciertas astas, que ellos llaman frameas, con un hierro angosto y corto, pero tan agudo y tan fácil de manejar, que se puede pelear con ellas de lejos y de cerca, según la necesidad. La gente de a caballo se contenta con un escudo y framea; la infantería se sirve también de armas arrojadizas, y trae cada uno muchas, las cuales tiran muy lejos. Andan desnudos, o con un sayo ligero.

No son curiosos en su traje. Sólo traen los escudos muy pintados y de muy escogidos colores. Pocos traen lorigas, y apenas se halla uno o dos con morrión o celada. Los caballos no son bien hechos ni ligeros, ni los enseñan a volver a una mano y a otra, y a hacer caracoles, según nuestra usanza: de una carrera derecha, o volviendo a una mano todos en tropa, hacen su efecto con tanto orden, que ninguno se queda atrás.

Y todo bien considerado, se hallará que sus mayores fuerzas consisten en la infantería; y así pelean mezclados; porque se conforma bien con el paso de los caballos la ligereza de los infantes que se ponen en el frente del escuadrón, por ser mancebos escogidos entre todos. Hay un número señalado de ellos; de cada pueblo ciento; y tienen entre los suyos este mismo nombre. Y quedándoles por títulos de dignidad y honra lo que al principio no fue más que número. El escuadrón se compone de escuadras formadas en punta. El retirarse, como sea para volver a acometer, tienen más por ardid y buen consejo que por miedo. Retiran sus muertos aun cuando está en duda la batalla.

El mayor delito y flaqueza entre ellos es dejar el escudo. Y los que han caído en tal ignominia no pueden hallarse presentes a los sacrificios ni juntas, y muchos, habiéndose escapado de la batalla, acabaron su infamia ahorcándose.

VII. Eligen sus reyes por la nobleza, pero sus capitanes por el valor. El poder de los reyes no es absoluto ni perpetuo. Y los capitanes, se muestran más prontos y atrevidos, y son los primeros que pelean delante del escuadrón, gobiernan más por el ejemplo que dan de su valor y admiración de esto que por el imperio ni autoridad del cargo: mas el castigar, prender y azotar no se permite sino a los sacerdotes; y no como por pena, ni por mandado del capitán, sino como si lo mandara Dios, que ellos creen que asiste a los que pelean. Y llevan a la guerra algunas imágenes e insignias que sacan de los bosques sagrados.

Y lo que principalmente los incita a ser valientes y esforzados es, que no hacen sus escuadras y compañías de toda suerte de gentes, como se ofrecen acaso, sino de cada familia y parentela aparte. Y al entrar en la batalla tienen cerca sus prendas más queridas, para que puedan oír los alaridos de las mujeres y los gritos de los niños: y estos son los fieles testigos de sus hechos, y los que más los alaban y engrandecen. Cuando se ven heridos van a enseñar las heridas a sus madres y a sus mujeres, y ellas no tienen pavor de contarlas ni de chuparlas, y en medio de la batalla les llevan refresco y los van animando.

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Música del Post Emmy Rossum

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Texto extraido del libro “De las costumbres, pueblos y sitios de la Germania” de Cayo Cornelio Tácito.
Archivado en la Sección: Textos para el Domingo

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Publicado por en noviembre 30, 2008 en historia antigua, libros

 

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