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Archivo de la categoría: pseudociencia

Nueva edición de Escépticos en el pub: La ciencia en la publicidad (uso y abuso)

Nueva e interesante edición de Escépticos en el Pub Canarias a cargo del divulgador y siempre sorprendente Jose María Riol, profesor en Bioquímica y Biología molecular de La ULL, que ofrecerá una reveladora charla sobre “Uso y abuso de la ciencia en la publicidad”.

La cita será este miércoles 15 de febrero, a partir de las 20:00 en el Café 7 de La Laguna (C/ El Juego nº 7)

Precisamente, después de haber asistido hace unos días a una de sus charlas, os recomiendo encarecidamente que no os perdáis al profesor Riol en acción. Es divertido, interesante y directo… ¿qué más se puede pedir?

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Publicado por en febrero 13, 2012 en Canarias, pseudociencia

 

Criptotonterías y para-anormalidades

El último Escépticos en el Pub Canarias contó con la inestimable presencia de Carlos Chordá y Javier Armentia que ofrecieron una entretenida charla sobre “Criptotonterías y para-anormalidades”…

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Publicado por en noviembre 8, 2011 en conferencia, pseudociencia

 

Doble sesión en Escépticos en el Pub Canarias

Para todos aquellos afortunados que puedan asistir (a mi, desafortunadamente me pilla de viaje), hoy, viernes a las 21:30, en el pub Sócrates de La Laguna tenemos doble sesión de Escépticos en el Pub a cargo de Carlos Chordá y Javier Armentia que nos hablarán de criptotonterías y para-anormalidades.

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Publicado por en noviembre 4, 2011 en pseudociencia

 

Nuevos medios, viejos miedos

Se llamaba Pedro Cieza de León y ha pasado a la Historia como el primer occidental que se comió una patata. Según los documentos de la época, el insólito hecho se produjo en el año del señor de 1553 y nuestro atrevido era un soldado español enrolado en la expedición del cordobés Sebastián Moyano, más tarde conocido como Sebastián Belalcázar, destinada a conquistar las tierras ecuatorianas de Quito.

Don Pedro, que a la postre se convertiría en un gran cronista e historiador de aquellos tiempos, se acercó el extraño tubérculo a la boca y describió su novedosa experiencia culinaria como “algo parecido a una criadilla, o turma de tierra, que al cocerse adquiere la textura de una castaña cocida”. (Página 117)

No obstante, cuando la papa llegó a Europa, a mediados del siglo XVI, pocos la consideraron una alternativa gastronómica a nada de lo que ya existía. En realidad nuestra ahora indispensable patata tuvo que soportar estoica los improperios de una sociedad que le achacaba ser un alimento maldito. Las razones de sus difíciles comienzos son variadas, pero el hecho de que algunos tildaran a la patata de ser un alimento de pecado, ya que no aparecía en la biblia, no ayudó a su introducción y alentó a que, durante algo más de un siglo, se acusara a la inocente papa de ser la responsable de casi cualquier mal, plaga o enfermedad.

Mi buen amigo José Miguel Mulet, Director del laboratorio de crecimiento celular de la Universidad Politécnica de Valencia, me contaba varias de las acusaciones que cayeron sobre la indefensa patata, víctima de la superstición de aquellos oscuros días.

En 1619 en Borgoña se prohibió el consumo de patatas haciéndolas responsables de los múltiples casos de lepra, que por aquel entonces azotaban la comarca.

Incluso, dos siglos después de que Cieza de León probara aquel bocado, las supercherías seguían bien presentes en Europa, cuando en 1774 y para paliar la hambruna que azotaba la ciudad de Kolberg, el Rey de Prusia Federico II, envió un cargamento de patatas que los habitantes de aquel lugar rechazaron debido al miedo que aún existía respecto al pobre tubérculo. Por lo visto muchos preferían morir de hambre antes que darle un mordisco a aquella insolente pecaminosa surgida de las entrañas de la tierra, hasta el punto de que el monarca se vio en la tesitura de tener que enviar soldados para obligar al pueblo a comerse las papas.

Fueron necesarios casi dos siglos para que las mentes más cerradas aceptaran el uso de la patata y aun así, quien piense que estos malos hábitos y supersticiones se quedaron atrás, se equivoca.

En nuestros días, actitudes tan irracionales como las aquí relatadas se repiten con nuevos productos. Un buen ejemplo de ello es el apaleamiento injustificado que están sufriendo los llamados alimentos transgénicos, conocidos como OMG, siglas de los organismos modificados genéticamente.

El desconocimiento de las nuevas vías de progreso actual es realmente abrumador. Un desconocimiento que siempre es el primer paso hacia el miedo innecesario… y como se pueden imaginar, el segundo escalón de esa escalera es la superchería.

Cualquier novedad, cualquier nuevo aporte, cualquier nuevo avance es siempre mirado con desconfianza por algunos sectores de la sociedad. Lo que ocurre es que en los tiempos que corren, donde se descubren nuevas técnicas y desarrollos tecnológicos casi a diario, los resultados de estos miedos están alcanzando cotas casi surrealistas.

Estamos asistiendo a brotes de sarampión, una enfermedad que gracias a la medicina moderna ya había sido casi relegada al olvido, y todo porque algunos padres inconscientes se dejan llevar por los miedos estúpidos de unos grupos antivacunas con planteamientos medievales. Con las más absurdas convicciones surgen, como setas, colectivos antiantenas que están a un paso de convencernos a todos de colocarnos un capirucho de aluminio en la cabeza que nos proteja de las malvadas ondas invisibles procedentes de las wi-fi. Retorciendo cualquier indicio de racionalidad aparecen iluminados que nos llaman a abandonar todo tipo de tecnología porque nos provocará las enfermedades más dolorosas que se puedan imaginar. Desde el más ridículo y trasnochado concepto de ecolo-espiritismo-fengshui se alzan voces quejándose de que los tomates ya no saben como antes por culpa de los transgénicos, por supuesto, sin saber que no existen tomates transgénicos en el mercado.

Viejos miedos aplicados a nuevos medios. Un encejado y simplista afán de querer vivir en el pasado como si allí se estuviera más seguro que aquí, como si aquellos lejanos días en los que la gente se moría a los 40 años de unas fiebres fueran más saludables que los actuales. Un empeño, tan nostálgico como poco razonado, de querer volver a la antigüedad, donde todo era maravillosamente simple y natural, olvidando eso sí, que cualquiera de nuestras abuelas soñaba en realidad con tener una lavadora automática en lugar de sabañones en las rodillas por lavar en el rio.

Hay gente que opina que antes todo era mejor, pero no especifican hace cuanto… quizá no se conformen hasta que volvamos a la edad de piedra, quizá allí sean felices sin ondas malvadas, ni wifis, ni vacunas… ni patatas.

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Éste artículo corresponde a la sección “Desde la cubierta del Beagle“, mi colaboración semanal con el periódico Diario de Avisos y su sección de ciencia Principia.

Además aprovecho para recomendar la imprescindible lectura del libro de JM Mulet “Los productos naturales… vaya timo!” en el que, con un estilo directo, ameno y lleno de anécdotas y buenos ejemplos, nos detalla todos los malentendidos y supercherías que existen alrededor de estos productos.

Por último, y resumiendo el espíritu de este artículo os dejo una TED realmente esclarecedora a cargo de un viejo conocido de la Aldea Irreductible, Hans Rosling, con una charla titulada: “La magia de una lavadora”… no se os ocurra perdéroslahttp://video.ted.com/assets/player/swf/EmbedPlayer.swf

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Declaración de L’Alfàs

A lo largo de la historia ha habido multitud de agoreros que han preconizado el fin del mundo de forma inminente. Unos fueron tachados de bobos, otros quemados por herejes y unos pocos tratados como reyes. Todos fallaron, por fortuna, en sus predicciones. Muchas de estas cábalas acabaron con sus creadores, pero también con personas inocentes que los creyeron a pies juntillas y llegaron incluso a la inmolación por esta causa. No hay que mirar muy lejos para poner ejemplos de ello, y basta como ejemplo los suicidios colectivos de la secta de las Puertas del Cielo en San Diego, la Restauración de los Diez mandamientos de Dios en Uganda, o el frustrado intento que acabó en matanza en la localidad de Waco (Texas).

En el momento de escribir estas palabras se acerca el apocalipsis predicho por los mayas y una serie de desastres naturales acabarán con nuestro planeta. O, más bien, un fin del mundo anunciado por un guionista de películas taquilleras de Hollywood.

Estamos cansados de los profetas, de los adivinos, de los agoreros. Estamos hartos de que nos quieran tomar el pelo con sus estúpidas cábalas sin fundamento; de sus ínfulas de sabelotodo para sacarnos los cuartos. Hastiados de que usen las noticias de los descubrimientos científicos para engañar a la población, o de que inventen falsas historias sobre civilizaciones desaparecidas.

También denunciamos a los que tienen por oficio la alarma al precio que sea, a los que creen que todo es una conspiración contra la humanidad. Señalamos a los que se creen más sabios que la ciencia, y ponen en peligro la salud de los demás, aplicando técnicas de agricultura obsoletas, eludiendo los avances científicos y sometiéndose a inútiles sesiones de curandería, o impidiendo la protección que ofrecen las vacunas a quienes deberían ser sus bienes más preciados: sus hijos.

Defendemos el uso del pensamiento crítico y la razón. Por suerte, somos conocedores de la fragilidad de la vida en este pequeño punto azul pálido que es nuestro planeta. Tenemos a nuestra disposición una inmensa colección de conocimientos que nos explican cómo nacemos, cómo vivimos y cómo morimos; cómo ha ido cambiando nuestro planeta de forma, e incluso tenemos modelos muy complejos de cómo puede transformarse hasta el colapso de la civilización humana.

Reivindicamos, pues, nuestro derecho a vivir en paz sin agoreros. El conocimiento nos hace cada vez más libres, pero nos preocupa aquellas personas que son vulnerables a estos mensajes, a vivir con la angustia de este final o, en el peor de los casos, a morir con ella.

Probablemente mañana no será el fin del mundo.
Deja de preocuparte y disfruta de la vida.

L’Alfàs del Pi, 8 de octubre de 2011

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Publicado por en octubre 14, 2011 en pseudociencia

 

Hay algunos que nunca están contentos

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Pub “The world`s end ” en Londres

El tiempo es uno de los conceptos más difíciles de comprender. Reflexionando profundamente sobre esa extraña idea uno puede llegar a estar de acuerdo con el filósofo francés Henri Bergson cuando afirmaba que el tiempo o es invención, o no es nada en absoluto.

Desde que el ser humano ha tenido uso de razón, lo que para algunos de nuestros congéneres aún no ha tenido lugar, siempre ha estado fascinado por la idea del tiempo. La mayoría de los antiguos pensaron en él como algo cíclico. Pronto descubrieron que al día le seguía la noche y, tras ella, el círculo se cerraba con la nueva salida del sol. Más tarde confirmaron que las estaciones también se repetían. Al invierno le seguía la primavera, después el verano que daba paso al otoño y vuelta a empezar.

Los pueblos de antaño veían el tiempo como un continuo fluir circular en el que los cambios se sucedían volviendo una y otra vez a estados anteriores. La vida pasaba, y contarla era cuestión de mirar el sol, observar las estrellas en la noche, confirmar los cambios de estación y anotarlo todo en tablas de arcilla o piedras labradas.

Esa era la concepción temporal de muchas de las civilizaciones antiguas. Un tiempo cíclico que tuvo en el pueblo maya uno de sus mayores ejemplos.

Los mayas concebían el tiempo como una sucesión de inicio, final y vuelta a empezar. Así levantaron un calendario que contenía numerosos ciclos, algunos de ellos entrelazados de manera muy curiosa. Por ejemplo contaban los días de diversas formas sincronizadas entre ellas. Tenían el Tzolkin de 13 meses con 20 días cada uno, enlazado al Haab de 18 meses divididos en 20 días cada uno con otros 5 días adicionales que completaban los 365. Su “rueda calendario” completaba un ciclo cada 52 años del Haab, antes de volver a comenzar. El ciclo mayor se completa con una gran sucesión de 18.980 días contados desde el inicio del calendario.

El calendario maya comenzó el 13 de agosto del año 3114 antes de Cristo, seguramente este día fue elegido por algún suceso astronómico que les impactó, y según nuestra moderna cuenta de días, terminará el próximo 21 diciembre de 2012.

Pero como todos sus demás ciclos, es un nuevo comenzar… no un final.

Al igual que nosotros cuando llega el 31 de diciembre arrancamos la hoja del viejo almanaque y continuamos contando a partir del 01 de enero del nuevo año, los mayas y su concepción cíclica del tiempo seguirían contando días después del 2012.

Sin embargo, esto no vende. Conocer la historia e interesarse por ella no vende películas, ni adivinos, ni agoreros… saber la verdad histórica no parece resultar interesante. Lo cojonudo, reconozcámoslo, es el fin del mundo. La explosión final, los fuegos artificiales, el juicio de las almas, el armaggedon, los meteoritos destruyendo casualmente el monumento más emblemático de cada país, el colapso de las ciudades en 3D y con el actor de moda saltando entre precipicios con el volumen a toda pastilla.

No importa saber que el mundo no se acabará en 2012 y no importa porque para algunos adivinos el mundo se ha acabado cientos de veces y aquí seguimos… ¿de qué servirían todas esas predicciones si de verdad acertaran? No podrían hacer nuevas.

El mundo lleva acabándose casi desde que empezó, pero en los últimos tiempos salimos a varios Apocalipsis por año, y sinceramente, así no hay quien viva. Una desazón continua, esto es un levantar la vista al cielo y esperar el meteorito un día sí y al otro también.

En 1999 Paco Rabanne predecía que la estación espacial MIR caería sobre Paris iniciando así el fin del mundo con el eclipse de sol que le acompañaría.

En 2000 los errores informáticos debidos al cambio de siglo traerían la oscuridad a nuestra sociedad colapsando las comunicaciones, la economía y la vida tal y como la conocemos.

En 2001 tuvimos un aluvión con cientos de malos presagios que iban desde la venida de las naves espaciales previstas por la Iglesia del advenimiento del séptimo día hasta las locas predicciones de Gordon Michael Scallion y sus tecnologías desde el continente perdido de la Atlántida. Curiosamente nadie dijo nada de unas torres en Nueva York.

En 2002 Ted Porter anunció que la segunda venida de Cristo se produciría el 23 de abril, exactamente a las 06:13 (hora de Jerusalén)

En 2003 la secta japonesa Pana Wave anunció que un planeta errante sería el causante del fin de nuestro planeta.

En 2004 el norteamericano Arnie Stanton realizaba su particular interpretación de Lucas 21:25 y vaticinaba el impacto contra la Tierra del cometa Toutatis.

En 2005 y según lo previsto en su libro “Mysterious numbers of the sealed revelations” el iluminado John Zachary anunciaba el fin del mundo exactamente el 05 de octubre.

En 2006 nos volvimos a escapar por los pelos de un armaggedon de los gordos porque según el escritor y periodista Michael Drosnin, autor del libro “El código secreto de la Biblia”, el mundo se acabaría por culpa de un holocausto atómico.

En 2007 Everett Vasek anunció la segunda llegada de Jesucristo para agosto, a pesar de que es un mes bastante caluroso y nos iba a coger a casi todos en la playa de vacaciones.

En 2008 le tocó el turno a una facción de los testigos de Jehová que haciendo cálculos vaticinaron la llegada de su salvador el 21 de marzo, una fecha bastante más adecuada que la anterior pero que, desafortunadamente, también resultó errónea.

En 2009 la profeta Lori Adaile Toye y su Fundación “Yo soy América” preveía la inundación global del mundo. La buena vidente incluso vendía mapas con Estados Unidos sumergido en su página web.

En 2010 se ponía fin al mundo según las predicciones de la orden hermética “The Golden Dawn”.

En 2011, y aunque no nos hallamos dado cuenta, hemos tenido numerosos Apocalipsis, aunque el más curioso nos llegó de la mano de miles de vallas publicitarias distribuidas por todo el mundo que, alquiladas por la cadena radiofónica “Family Radio”, anunciaban el fin del mundo para el 21 de mayo… las vallas continúan aunque les han tenido que cambiar la fecha, retrasando el cataclismo mundial para octubre. A ver si hay más suerte esta vez.

En 2012 toca empacho maya. Su calendario nos augura las peores condiciones y algunos atrevidos han conectado el fin del ciclo maya con una explosión solar que devastará la Tierra justo el 21 de diciembre. Vamos, que nos tocará el gordo un día antes de que los niños de San Ildefonso nos reciten su célebre cantinela.

En 2013 y por si los rayos solares mayas fallaran, podemos echar mano de las predicciones que el monje ruso Rasputín realizó antes de morir y que fijaban el fin de los tiempos para este año.

En 2014, a pesar de que sería raro que el astuto Rasputín fallase, seguro que no nos salvamos de los malos augurios que la profeta religiosa Joanna Southcott lanzó antes de su muerte y que anunciaba para este año el Apocalipsis descrito en el evangelio de San Juan.

Y podría seguir enumerando cataclismos hasta llegar al verdadero fin del mundo que, por una vez y sin que sirva de precedente, ocurrirá realmente dentro de unos 4.500 millones de años cuando nuestro sol comience su etapa final convirtiéndose en una gigante roja primero y muriendo como una fría enana blanca.

No obstante, y aunque 4.500 millones de años es una cifra razonable para el final de nuestro planeta, parece que hay gente a la que este plazo se le hace demasiado largo y año tras año siguen inventándose profecías para acortarlo… hay prisa por acabar con el chiringuito que tenemos aquí abajo montado y siempre aparece alguien que no está conforme con lo que le ha tocado y prefiere encontrarse cara a cara, cuanto antes mejor, con un meteorito, un platillo o un gran terremoto… sí, hay algunos que nunca están contentos.

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Éste artículo corresponde a la sección “Desde la cubierta del Beagle“, mi colaboración semanal con el periódico Diario de Avisos y su sección de ciencia Principia.

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La estupidez de curarse en las vías de un tren

A veces uno no sabe si llevarse las manos a la cabeza o bajar definitivamente los brazos rindiéndose a la evidencia de que la superstición y la estupidez seguirán campando a sus anchas por más intentos que se hagan desde el sentido común.

Cientos de indonesios se acercan a diario a las vías del tren para curarse en la creencia de que la eletricidad que de allí emana es beneficiosa para la salud. Desde el reumatismo hasta el insomnio, pasando por la artritis, migrañas o incluso diabetes, cualquier enfermedad se puede curar, cualquier dolor se puede aliviar tumbándose en los hierros del ferrocarril.

La nueva terapia de moda en Indonesia no sólo es inútil sino que representa un peligro evidente para quien la practica y, aunque algunos puedan sentirse tentados a dejar que la implacable selección natural vaya limpiando de supercherías este planeta, lo cierto es que no deja de sorprender la insistencia en agarrarse a cualquier payasada curativa por ridícula que sea.

Tirarse a las vías del tren, el método de suicidio por excelencia, resulta que ahora es una cura milagrosa de males, dolores y enfermedades… quién lo hubiera pensado.

Desde los más recónditos lugares del país llegan, casi en peregrinación, a curarse en medio de vagones pasando a su vera. Vengan todos a curarse, pasen y sanen sus males con la milenaria terapia del trenecito indonesio.

El nuevo Lourdes ferroviario, la Fátima de Yakarta , la Santa Viga de acero.

Alguno podrá pensar que la culpa de esto es la falta de educación, la ignorancia del tercer mundo, los mitos y supersticiones arraigados, la credulidad en rumores y cuchicheos… sí, alguno del primer mundo seguro que piensa que eso no puede pasar aquí, en el mundo civilizado… y lo piensa mientras enciende esa vela aromática que tan estupendamente le libera los chackras, mientras toma su medicina supernatural diluída en piscinas y piscinas de agua con sacarosa, mientras acude a su acupuntor de cabecera o mientras vuelve de su cita mensual con el moderno quiropráctico…

Lo cierto es que la estupidez no conoce fronteras, no distingue clases sociales y, si no es infinita como pensaba Einstein, poco le falta.

Y sí, en Indonesia también lo dicen: “a mí me funciona“, “a un amigo de mi abuelo le curó el reumatismo“, “desde que lo uso mis dolores lumbares han desaparecido“…

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Publicado por en agosto 7, 2011 en pseudociencia